martes, 27 de marzo de 2012

PREGUNTAS INQUIETANTES


Alan le dio una pitada prolongada al porro antes de pasarselo a Julián. Estaban sentados en un banco de la plaza; los skates descansaban a sus pies. Había poca gente, eran las tres de la tarde y hacía calor.

Después de contener con esfuerzo el humo en sus pulmones, Alan estuvo un rato tosiendo.

-Mierda, que buena flor, pero como hace toser- cuando recuperó el ritmo normal de la respiración dijo -: Seguro que Tim Lee habrá fumado algo parecido a esto cuando se le ocurrió lo de Internet.

Julián estaba concentrado en mojar con la punta de la lengua la brasa del porro para que se quemara parejo.

-¿De que estás hablando?- preguntó-

    • -De Tim Lee, Tim Brenders Lee o algo así- estiró su brazo para que el otro le pase el porro- Fue el chabón que inventó Internet, era físico pero también fue medio hiipiie-

Julián lo miró divertido.

-¿Que estas chamuyando? -preguntó sonriendo- Internet la invento ese Jobs o Bill Gates, alguno de esos dos.

    • -Nada que ver, esos fueron lo que cagaron la historia- dijo Alan- Si queres te explico pero primero pasame el faso, no te hagas el boludo, que no es mate...

Julián obedeció. Se quedaron en silencio.

    • -Ufff que cuelgue- dijo al fin Julián- ¿Como era eso que estabas diciendo de Internet? Ah si lo del tipo que la inventó... ¿No me estas delirando, no? De donde sacaste que fue ese tipo?

    • -De internet boludo, ¿de dónde lo voy a sacar sino?

Los dos estallaron en carcajadas. Cuando pudieron calmarse, Alan dijo:

    • -Es reloca la historia...-

    • -¿Si? ¿ Y que se te dio por averiguar esas cosas?

Alan se tomó su tiempo para contestar: sus ojos vidriosos intentaban capturar un recuerdo que andaban divagando por algún lugar del césped. Al fin dijo:

    • -Estaba la otra noche en casa. Me había fumado uno y se me empezaron a caer fichas, a preguntarme cosas-

    • -Uy estarías del re tomate-

    • -Más o menos. Estaba en la compu y de pronto como si fuera un flash me vino una pregunta a la cabeza. ¿Que carajo es esto de Internet? ¿Como funciona?

    • -Uy que loco, yo también me pregunte muchas veces lo mismo pero no me dio para mover....

    • -Solo tenes que mover el mousse pelotudo, no es mucho esfuerzo.

      Los dos volvieron a reirse con ganas, al punto que se les escaparon lágrimas. Julián tomándose el estómago fue a sentarse encima de la patineta. Cuando pudieron recobrar la calma, Julián dijo:

    • -Una vez el chabón de Física explicó como funciona y entendí bastante o eso imagino... ¿Sabés lo que alucino? Que es como una gran isla que flota y se mueve por el espacio y ahi van a parar todos los datos, toda la informeta...

      Volvieron a quedarse en silencio, los dos con las miradas perdidas, lejanas.

    • -¿Que loco no? -dijo Alan – Esta buena la imagen... Por ahi este chabón Lee habrá imaginado lo mismo... Una isla a la que llegas a traves de la pantalla de tu compu, solo con escribir un mismo código... - se quedó callado unos instantes- Pero este Lee estaba o está medio tocado... El loco creó lo más grande de la historia y no se llevó ni un mango...

    • -Anda a cagar boludo, me estas bardeando. ¿Me vas a hacer creer que todavia vive y que es un viejo pobre?

    • -Sí, es viejo debe tener unos cincuenta años. No sé si es pobre, pero no cobró un mango. Cuando cayó en la cuenta de la que había mandado, dijo: Tomen, usenlo gratis... Lo regaló.

      -Julián se paró. Tenía el porro en su mano derecha. Sacó un encendedor de uno de los bolsillos de su bermuda y volvió a prender el cigarro.

      - No me la creo que haya sido tan buenito, alguna tajada debe haber sacado- dijo-

      - No seas forro, es como yo te digo- contestó Alan- Los que se llenaron de guita fueron después Bill Gates y Jobs que le coparon la idea y se la llevaron con pala...

    • Julián se quedó pensativo.

    • -O sea que Gates y Jobs vendrían a ser dos piratas que desembarcaron en la isla de ese Lee y se afanaron el tesoro – hizo silencio y después como si se le hubiese ocurrido una idea brillante dijo- O sea que los verdaderos piratas son ellos dos y no nosotros cuando nos bajamos música o un jueguito.

    • -Tal cual- dijo Alan- Pero ellos la caretean haciéndose los legales. La mano que idearon fue que para poder entrar en la isla de Lee, les tenía que pedir permiso a ellos. ¿Entendés? Si no usas Apple o Windows sonaste...

      Julián y Alan entraron por unos minutos en un estado de eferversencia, estableciendo comparaciones y relaciones. Ambos hablaban a la vez, casi sin escucharse.

    • -Mi viejo está leyendo la biografía de Jobs- dijo Julián -El otro día en un tiro me dice que estaría bueno que la leyera, porque según él estoy todo el día en internet. Pero ni en pedo la encaro, tiene más páginas que la Biblia.

    • -Ah mi vieja ya la leyó- contestó Alan- Y el otro día escuché que le decía a una amiga que si ser vegano te transformaba en semejante hijo de puta, ella prefería ser carnívora toda la vida.

    • -Fumaron con avidez la tuca que les quemó los dedos.

      - A propósito. Como me clavaría un choripán- dijo Julián-

    • - No te da para algo más de tipo dulce-

    • -Bueno, primero me clavo el chori y después un alfajor de maicena- Los dos volvieron a estallar en carcajadas- Y lo bajo todo con una birra.

    • Contaron la plata que tenían entre los dos.

    • -Vamos a tener que elegir. Alfajores o birra. Tiremos la moneda.

    • -Solo tenemos monedas de un peso. Cagamos. ¿Viste que no tiene cara ni cruz?

    • Estuvieron discutiendo casi diez minutos hasta que pudieron ponerse de acuerdo. .

    • Camino a un kiosko que estaba frente a la plaza, Alan se lamentó:

    • -Que malaria, estoy podrido de andar siempre seco...

    • Mientras intentaba hacer equilibrio sobre su patineta, Julián dijo-

    • -Sí es un bajón... Bueno, por lo menos Internet es gratis.

    • -Las bolas es gratis. Eso es lo que te quieren hacer creer. No solo pagas un abono sino que hay muchas cosas que si no la garpas no accedes. Y la publicidad.... Me lo explicó un trosko que está haciendo el curso de ingreso a la facu conmigo...

    • -Uy esos troskos son insoportables.

    • -Si, pero en eso tenía razón. Ese Lee, el que inventó internet, quería que sea libre, gratuita y todo eso... Pero la terminaron copando tres o cuatro vivos que manejan toda la historia...

    • -¿No eran dos? Gates y Jobs?

    • -No, eso fue hace unos años y ya la tienen asegurada para ellos y sus tartanientos. El trosko me decía que ahora hay cuatro o cinco vivos que nos tienen agarrados de las bola a todos.

    • Llegaron al almacen. Compraron una cerveza y fueron a sentarse a un umbral cercano.

    • -Estabamos en un bar, eramos cinco. Y el trosko nos hizo el juego y no me vas a creer pero los cinco contestamos mas o menos lo mismo... Lo saco de internet..

    • -Para boludo. ¿De que estás hablando? -quiso saber Julián.

    • -De quienes son los que manejan la historia de Internet.

    • -Ah si... ¿Y quienes son?

    • -Te hago el juego que nos hizo el trosko... A nosotros nos hizo escribir, pero vos decime... Nombra lo primero que se te viene a la cabeza si te digo Internet. Ya, rápido, sin pensar mucho.

    • Julián dudó unos instantes.

    • -Msn... Facebook... Porno.... Google... You tube... Wilkipedia.....

    • -Listo- lo cortó Alan- Todos contestamos lo mismo... Loco, ¿no? Todo pasa por esos jetones, ellos tienen la manija, entendes?

    • Julián se quedó pensando.

    • -¿Viste que mi primo tiene esa banda que hace punk? Se hacen los anarcos, los que no transan... Subieron un video a you tube y no se como hicieron pero lo vieron más de cinco mil personas...

    • -Un montón para la música de mierda que hacen...

    • -Sí, ya se creían que eran Metallica. A algunos de la banda se les fue el anarquismo a la mierda. No sé como contactaron a un capo de una discografica. El tipo los felicitó pero les dijo que solo promocionaban a músicos que tuvieran mas de un millón de visitas...

    • Los dos volvieron a reirse con ganas. Terminaron la cerveza en silencio.

    • -Me tengo que ir -anunció Julián- Tengo que presentar ese trabajo de mierda para Lengua a ver si me la saco de encima, es la única que me falta.

    • -Wilkipedia- aconsejó Alan- Acordate de cambiar algunas palabras.

    • -Ya lo sé.

    • Cuando Alan regresó a su casa, se tiró en el sofá mientras su madre le preparaba la merienda. La televisión estaba prendida y Alan se enteró que en Egipto la gente estaba en la calle intentando derrocar al presidente. Al parecer la revuelta había sido gestada desde Facebook. Alan observó quema de autos, piedrazos, caos, rostros enfurecidos. Al parecer uno de los motivos de la furia, era que la mayoría de los egipcios ganan cuatro doláres al día.

    • Mientras devoraba un sandwich de jamón y queso, Alan se preguntó como toda aquella gente, ganando tan poco, podía tener tener internet en su casa. Tal vez más tarde googlearia sobre tan extraña ecuación.


jueves, 22 de diciembre de 2011

LA LEYENDA DE LA ESTATUA FUGITIVA

Jamás hubo en la historia de la humanidad un líder, héroe o benefactor que gozara de la aceptación unánime de aquellos a quienes el personaje en cuestión dedicó su vida. La leyenda de la estatua del almirante Vamderlick es un claro ejemplo de esta certeza: cuando la enorme mole de hierro desapareció de la plaza del pueblo sus adeptos, que eran mayoría, no dudaron en culpar del atropello a los adversarios que el marino supo ganarse en vida. Razones no les faltaba: se sabe que el primer paso para el olvido es borrar de la realidad símbolos, íconos y emblemas que recuerden al héroe. Después vendrá el tiempo en que la historia será contada de otra forma y el objetivo estará cumplido: la verdad dejará de ser absoluta para terminar convirtiéndose en una serie de sucesos cargados de subjetividad.

En aquellas épocas remotas los bandos en cuestión no conformaban partidos políticos ni se aglomeraban en algún tipo de estructura orgánica. Estaban los que adherían a los postulados del almirante y perpetuaban su legado y aquellos que habían ido tomando distancia de las decisiones del marino; si bien éstos últimos nunca confrontaron abiertamente, dejaron siempre en claro sus desacuerdos con las decisiones de Vamderlick. El pueblo había sido fundado por el almirante cincuenta años atrás, cuando había llegado a aquellas playas por cuestiones fortuitas. En sucesivos viajes a su tierra natal sedujo a compatriotas para que emigren a esas tierras fértiles y virgenes; de ese puñado de pioneros habían nacido los descendientes que eran aún niños cuando el fundador murió de viejo.

Vamderlick era un monarca sin corona y sin descendencia: en sus últimos días, nombró un concejo para que lo suceda en el gobierno. Y ese puñado de hombres actuó con eficacia y rapidez ante el hecho sorpresivo, inesperado, de la desaparición de la estatua del líder. No les demandó demasiado tiempo requisar el conjunto de veinte manzanas que se extendían perpendiculares al puerto y las granjas dispersas en las orillas de la llanura. La búsqueda, infrutcuosa, duró dos días. Las autoridades supusieron que la escultura había sido arrojada al mar; sin embargo, eran incapaces de explicar como se las habían arreglado para transportarla desde la plaza hasta el puerto, siendo que medía tres metros y pesaba casi una tonelada.

Según sostienen algunos, del mismo modo que niegan otros el hecho, la estatua reapareció, supuestamente, montada encima de una barca al amanecer del cuarto día de su desaparición. A juzgar por el relato que corrió durante años de boca en boca, la efigie iba adentrándose en el mar empujada por una suave brisa, cuando fue divisada desde la orilla por dos pescadores. Sorteaba el oleaje con destreza, como si estuviera siendo guiada por el espíritu del almirante. A los pescadores les llamó la atención la excesiva rígidez del tripulante; entonces decidieron hacerse a la mar en el bote de uno de ellos. Solo cuando estuvieron cerca se dieron cuenta que era la estatua la que iba a bordo de la embarcación. Cuando pudieron sobreponerse a la sorpresa, y no sin esfuerzo, remolcaron hacia tierra firme a la pequeña nave y al inmutable polizón.

El relato, que nunca pudo ser comprobado, sostiene que los partidarios del almirante Vamderlick, convencidos de haber desbaratado el plan de sus opositores, festejaron a lo grande. Pasando por alto detalles y motivos, decretaron feriado el día que la estatua volvió a ser restaurada en el centro de la plaza. Hubo discursos grandilocuentes, fuegos artificiales y bailes hasta la madrugada. Los adversarios, por su parte, aprovecharon el día festivo para reunirse en un bar de mala muerte ubicado en las afueras. Bebieron sin pausa y casi en silencio; de vez en cuando dejaban escapar algún comentario malicioso sobre la supuesta fuga de la estatua: para ellos el asunto no era más que un ardid tramado por los oficialistas para reafirmar la vigencia del almirante y consolidar más aún al concejo como autoridad indisctutida. Pero, sabiéndose minoría, no podían hacer otra cosa que ironizar sobre la cuestión.

La leyenda, que aún hoy es relatada por los más ancianos del lugar sin que puedan observarse contradicciones llamativas, habla que ambos bandos volvieron a estar en problemas cuando la estatua desapareció nuevamente seis meses después. Como había sucedido la vez anterior, un buen día se despertaron y la mole de hierro forjado no estaba en su sitio. Por más que ahora las autoridades procedieron con más rigor y llegaron a encarcelar a quienes consideraban como los artifíces del secuestro, no pudieron esclarecer el hecho y menos aún hallar la estatua. Para los disidentes la nueva volitización de la efigie, además del acoso de las autoridades, significó encontrarse ante el dilema de poder explicar el fenómeno: comprendieron rápidamente que los leales a Vanderlick no eran ningunos ingenuos como para repetir la farsa en un lapso tan corto de tiempo.

La estocada final al desconcierto de unos y otros, según dicen, se las propinó la propia estatua cuando otra vez fue sorpendida en momentos que intentaba hacerse a la mar. Aquí el cuento jamás escrito, cae en un clásico, pero necesario, detalle romántico: una mujer aquejada por insomnio y mal de amor, avistó la estatua montada en una barca desde la terraza de su casa. Supuso que era su hombre el que la abandonaba; en la desesperación por lo que ella suponía una pérdida irreparable, pensó, acertadamente, que nadie se tomaría la molestia de internarse en el mar para detener a su amante. Por eso cuando dio la voz de alarma dijo que la estatua de almirante se estaba escapando nuevamente. Para su desgracia, la mentira se hizo realidad. Esta vez la expedición de rescate tardó un par de horas en regresar al almirante.

No hubo festejos ni discursos para celebrar la repatriación. El extraño comportamiento de la estatua dejó por varios días a todos confusos y aturdidos. Con lógica implacable la tradición señala que a los leales de Vamderlick ya no los mortificaba saber como se las arreglaba la estatua para salirse de su sitio, sino el empecinamiento que mostraba por querer marcharse. Sentían que los quería dejar librados a su suerte. Hubo quien propuso encerrarla bajo techo pero la moción no prosperó cuando se dieron cuenta que si tenía del don de embarcarse por sus propios medios, le resultaría sencillo derribar las paredes de la cárcel a la cual sería destinada. En tanto, los adversarios de Vamderlick imaginaban un futuro cada vez más nefasto: si la gente terminaba aceptando que la estatua tenía poderes sobrenaturales, el mito de Vamderlick se extendería hasta el infinito. Generaciones y generaciones oficialistas gobernarían sin solución de continuidad. Muchos de los opositores contemplaron la idea de regresar a su tierra de orígen.

La vida apacible de la villa se tornó tensa. De una u otra manera, y aunque nada tuvieran que hacer en el centro del pueblo, lo cierto es que todos, cuando se despertaban, buscaban motivo que les sirviera de excusa para comprobar con sus propios ojos que la estatua estaba donde la habían dejado el día anterior. Respiraban alviados cuando desde lejos divisaban la enorme figura de hierro; no conformes, se llegaban hasta la plaza, daban una vuelta y regresaban aliviados a sus quehaceres. Pero la paz, les duraba lo que el día. El concejo, en una decisión tomada puertas adentro, había dispuesto que una guardia nocturna vigilara la estatua. Sin que nadie hubiese sido capaz de explicar por qué, todos sabían que la estatua intentaría fugarse nuevamente.

Quienes respaldan la veracidad de la historia, afirman que poco antes de cumplirse un año desde el segundo intento, la estatua fue sorprendida navegando hacia el horizonte. Esta vez fueron marineros extranjeros que llegaban al puerto quienes regresaron la efigie. Si bien les causó asombro hallar a una estatuta surcando las aguas sobre una pequeña barca, mayor extrañeza les provocó la frialdad con que las autoridades recibieron la estatua. Los forasteros supusieron que el gesto les serviría para congraciarse con los habitantes del poblado y obtener ventajas en las transacciones comerciales que los habían llevado hasta allí. Pero solo recibieron un agradecimiento frío y distante y fueron tratados como cualquiera de los otros navegantes que anclaban en aquellas playas.

La leyenda menciona que cuando por cuarta vez la estatua emprendió la huida, ni los partidarios del almirante ni sus adversarios hicieron nada por detenerla. Hablan de un pacto secreto rubricado por ambas fuerzas según el cual acordaban dejar que la estatua haga su voluntad en caso que deseara escaparse nuevamente, tal cual sucedió: para los leales significaba no seguir soportando la humillación que su líder se empeñara en abandonarlos y para los opositores era la oportunidad de comenzar a desterrar definitivamente el mito.

Los dirigentes de los dos partidos políticos que desde hace casi dos siglos rigen los destinos del país, sonríen cuando se les menciona la leyenda de la estatua fugitiva. Los descendientes de quienes por aquel entonces eran los adversarios de Vamderlick, niegan que el partido político que hoy los agrupa haya surgido como consecuencia de aquellos inusuales acontecimientos. De manera alguna admiten que sus antepasados se hayan visto obligados a organizarse para elegir a quienes los representaran ante las autoridades con el fin de tratar el problema de la estatua. Afirman que el partido se fundó bastante tiempo después de los tiempos en que el relato situa los acontecimientos. Porque para ellos no es más que una mayúscula falsificación de los hechos pergeñada por sus históricos adeversarios: nunca hubo una estatua del almirante erigida en el centro de la que en la actualidad es la plaza más importante de la nación. Patrañas concebidas por los partidarios del almirante con el fin de dotar al tirano de virtudes sobrenaturales que desde ya, no poseía, escribieron cierta vez en un comunicado oficial, cuando en circunstancias que no vienen al caso mencionar, tuvieron que dejar sentada su versión sobre el tema.

Desde las filas oficialistas, como es dable suponer, la interpretación es opuesta. Reivindican la existencia de la estatua: afirman que apenas muerto el almirante, encargaron a un artista extranjero – del cual no aportan datos- que construyera una efigie que recordara para siempre a Vamderlick. Según ellos, pesaba casi una tonelada y medía tres metros; fue emplazada en el centro de la plaza y allí fue robada por los adversarios del marino para luego ser arrojada a las profundidades del mar. Niegan de plano haber mantenido reuniones secretas con sus oponentes para desembarazarse de la estatua porque esta había tomado la costumbre de querer escapar. Para respladar la certeza que ese concláve nunca se llevo a cabo, se basan en un dato que, curiosamente, concuerda con el de sus oponentes: estos, por aquellos tiempos, no eran mas que un puñado de voluntades dispersas que carecían de representación orgánica. Y también coinciden con sus rivales, cuando niegan que la estatua haya tenido o gozado de poderes sobrenaturales: “Intentar suponer que la estatua creada para recordar a nuestro benefactor y líder haya tenido poderes que no son de este mundo, es una patraña que hicieron circular a traves de los años, aquellos que siempre combatieron nuestros ideales de justicia y libertad, con el solo fin de ocultar la ignominiosa tropelía realizada por sus antepasados”, escribieron alguna vez los adeptos a Vamderlick, en un comunicado oficial.

Unos y otros coinciden, llamativamente, en una última cuestión: tidan de falaces las versiones aportadas por navegantes - que coinciden en época y espacio con los de la fábula- quienes afirman haber visto a una estatua dirigiendo una embarcación. “Eran tiempos en que se creía que vivían dragones detrás del horizonte” “Lo que deben haber visto esos marinos es a nuestros adversarios en momentos que se disponían echar al mar la estatua de nuestro líder”

Por este motivo es que ni siquiera consideran que haya existido una misión integrada por adversarios y leales a Vamderlick que viajó, en el mayor de los secretos, hasta la tierra natal del almirante. Los que mantienen la leyenda viva sobre las andanzas de la estatua, en cambio, afirman que tiempo después de la partida del almirante, llegó al pueblo un navio de grandes dimensiones. Un marinero de la tripulación dejó correr la versión que había estado en una ciudad ubicada al otro lado del oceáno, a la cual arribó una estatua montada en un bote. Cuando se le preguntó al marino como se llamaba esa ciudad, muchos se sorprendieron al escuchar que se trataba del mismo lugar del cual era oriundo Vamderlick. Según el forastero, los habitantes del lugar, sorprendidos por el regalo que les trajo el mar, decidieron emplazar la estatua en un lugar estratégico del puerto.

Tal vez haya sido por el asombro que les causó la aparición de una estatua montada en una barca es que no se preocuparon ni los inquietó en demasía, que, meses después, la estatua del desconocido desapareciera imprevistamente. Supusieron que la misma voluntad que lo había llevado hasta aquel lugar, se había impuesto nuevamente para que la imponente figura de hierro buscara nuevos rumbos.

lunes, 12 de septiembre de 2011

LA VERDAD SOBRE NUESTRA ESENCIA

A mi perra le alcanza con hacer tres o cuatro boludeces como dar la pata o hacerse la muertita para conseguir alimento de primera calidad, afecto y que la tratemos mejor que a un amante. En cambio, los seres humanos trabajamos ocho horas como burros para poder comprar comida que poco a poco nos va tapando las arterias, de vez en cuando alguien nos tiene lástima y nos acaricia y salvo que sea nuestro cumpleaños, pasamos desapercibidos. Realmente es curioso comprobar como hay verdades que están delante de nuestras narices y las ignoramos. Observo mi vida, la comparo con la de mi perra, y me preguntó de donde habrán sacado que lo que nos diferencia como especie es que somos inteligentes. Sé que importantes pensadores afirman que ese es nuestro rasgo distintivo: se han escrito millones de libros referidos al tema. Aunque si somos sinceros tenemos que convenir que ningún libro le cambia la vida realmente a nadie. Leer puede ser, la mayoria de las veces, una experiencia frustrante, agobiadora, deprimente. Uno lee El Capital, lo compara con la realidad y dan ganas de pegarse un corchazo. Las vida del Che Guevara es apasionante en tanto sea letra escrita: de ahí a considerar la posibilidad de una revolución socialista es otra cosa. No por nada mi perra se niega sistemáticamente a que le enseñemos a leer.

Debo admitir que hasta hace poco no soportaba a la gente que compara la vida humana con la animal. No sé si será por la influencia de Animal Planet o de Ludovia Squirru y su horóscopo chino que hay toda una legión de gente empecinada en mostrarnos las virtudes del mundo animal y cuanto deberíamos aprender de ellos. Cada vez es mas común encontrarte en un asado con un ser escuálido y pálido picoteando una ensalada desabrida, que en el momento en que estás haciendo el sandwich de chorizo comenta al pasar. “Mi vida cambió desde que dejé de comer carne, huevos y leche. Las ardillas son felices comiendo solo frutos del bosque” Muchas veces tuve ganas de agarrar un tenedor, saltar encima de la mesa, caer sobre el vegetariano y mientras le clavo una y otra vez el tenedor en la garganta preguntarle “¿Donde mierda puedo conseguir frutos del bosque en plena ciudad? ¿Por que los pumas invaden tu inocente bosque para comerse a los inocentes venados? ¿Como carajo sabés que las ardillas de tu bosque son felices?” Pero uno ya es grande y arruinó demasiados asados y reuniones. Una cosa es estar borracho y querer tocarle el culo a la novia de un amigo y otra distinta querer matar a un vegetariano. Sino para que carajo nos sirve la experiencia.

Bueno, si nos ponemos a hilar fino la experiencia no sirve de mucho que digamos Sin ir más lejos, tuve que rendirme ante la evidencia que a mi perra le alcanza con saber dar la pata para obtener agua y comida y yo tengo que trabajar diez horas por día para poder almorzar de parado un pancho. Cuando tomé conciencia de ese hecho tan denigrante, me convertí en uno de esos tantos ateos que de pronto se sienten conmovidos por místicas revelaciones. Le pedí encarecidamente a Dios que tuviera la inmensa y misericordiosa bondad de reencarnarme en un perro en mi próxima vida. A pesar de mi súbita reconversión a esa especie de budismo-cristianismo, no obtuve una respuesta contundente del supremo lo que me llevó a contemplar la posibilidad de tirarme a los pies de mi jefe haciéndome el muertito. Pero no me atreví; no estaba seguro que con esa actitud pudiera seguir comiendo el pancho o la hamburguesa que almuerzo diariamente. ¿Que hice entonces? Lo que hacemos todos los seres humanos cuando descubrimos una verdad que nos deja más retorcido que trapo de piso. Me olvidé de mi triste situación. En definitiva, me hice el boludo.

Otra que la inteligencia. Hacernos los boludos, esa y no otra es nuestra virtud como seres humanos. Tu pareja encuentra en tu celular un mensaje de texto que dice: “Nunca fui con alguien en la cama tan feliz como con vos” ¿Y uno como reacciona? Mira para otro lado, se encoge de hombros y murmura: “Estos de la compañía me tienen podrido mandándome promociones todo el tiempo. Ya no saben que hacer para ganar clientes” Si uno fuera valiente y no un cobarde que se hace el boludo todo el tiempo, contestaría: “¿No sos feliz teniendo a tu lado a alguien que hace tan bien el amor?” Coincido en que ninguno de nosotros está preparado para andar por la vida diciendo verdades sin filtro. Pero convengamos también que echarle la culpa a tu compañía de celular, es totalmente absurdo, una estupidez que demuestra una vez más que seremos cualquier cosa, menos inteligentes.

Sin embargo, así es como actuamos. Nuestra primera reacción es hacernos los pelotudos. Nos sale instintivamente. Cometemos cualquier torpeza, como por ejemplo derramar el vino cuando se lo servimos a otra persona y ¿que decimos? “Mierda, estas botellas vienen cada vez peores, no se de que material las están haciendo” Y no solo eso, sino que insistimos. “Lo que pasa es que como ahora exportan todo, los materiales para el consumo interno son una porquería” O sea que no nos conformamos con ser torpes, sino que le damos una explicacion politica-sociologica al tema. No tenemos la valentía de decir, soy un pelotudo que no sabe servir vino, sino que tratamos de justificar el desastre. Y esa cualidad si así puede llamarse, es lo que nos emparenta a todos los seres humanos. Sé que es difícil asumir que por ejemplo Bush, padre o hijo, no importa, (ya se sabe que el orden de los productos no altera el resultado ) tienen algo en común con nosotros o con nuestros seres más queridos. Pero lamentablemente es así. Mal que nos pese, esos monstruos tienen ciertas características parecidas a cualquier mortal. Estan dotados de dos brazos, dos piernas y una cabeza. Comen, cagan y respiran de la misma manera que lo hace cualquier otro. Y además tienen el plus de tener su capacidad de hacerse los pelotudos desarrolladas a la enésima potencia. Porque a menos que cenen todos los días puré de lexotanil, si no sabrían hacerse los pelotudos... ¿como pueden dormir por las noches?

Pero dejemos de lado casos tan extremos. Tropezamos dos veces con la misma piedra, ya se sabe. ¿Cómo explicamos eso? “Esta piedra es distinta a la otra que me causó esguince de tobillo. Es de otro estilo. La otra era más redondeada y esta es puntiaguda” De todas maneras no es para hacerse tanta malasangre. Si todos pudiéramos analizar nuestras desgracias con cierta perspectiva histórica, nos sentiríamos más aliviados. Tal vez no cometeríamos dos veces el mismo error. Un día puede ser que tu segunda esposa te diga: “¿Es mucho trabajo que apretes la pasta dental desde la base y no en cualquier lado?. Un sudor helado te recorre el cuerpo. El famoso deja vu, encarnado en esa pregunta. “¿Como no me di cuenta que esta es tan rompe pelotas como mi ex?” ¿Estoy ciego o padezco de Alzhemeir premtaturo?” Pero, como en tantas otras cuestiones, te haces el pelotudo, pasas por alto el detalle que tu actual pareja va camino a ser tu ex pareja.

Cuando me di cuenta que mi vida era más miserable que la de mi perra, no sé por qué pensé en Darwin, el del Origen de las Especies. Charles Darwin se pasó la vida estudiando animales para ver si podía comprender a los humanos. Decepcionante ¿no? ¿Que habrá sentido cuando se dio cuenta que una colonia de pinguinos tiene una memoria histórica que les sirve para comer, sobrevivir y reproducirse mientras que los seres humanos comemos, sobrevivimos y nos reproducimos solamente porque sabemos hacernos los pelotudos? Podemos matar a otro semejante por un pedazo de pan y seguir nuestras vidas lo más campantes. Nos autodestruimos haciendo abuso de drogas altamente peligrosas como es escuchar por las mañanas en la radio a Chiche Gelblung y reincidir como si nada esa misma tarde, mirando lo más tranquilos a Jorge Rial. No es posible que Darwin no se haya dado cuenta de esto, pero como hombre inteligente que era y ante todo humano, se hizo el pelotudo sobre esta cuestión. Supongo que cuando se dio cuenta de esto se habrá planteado: ¿existirá en el reino animal otra especie que sepa hacerse los pelotudos de manera tan increíble como los seres humanos?

Muchos fuimos, en mayor o menor medida, revolucionarios cuando éramos jóvenes. ¡Qué tiempos aquellos! Pretendíamos terminar con el capitalismo salvaje.... Aquellos dorados días en que se soñaba con la dictadura de proletariado... Era más placentero imaginar una huelga general, la gente saliendo a la calle, tomando edificios públicos, paralizando el país hasta acabar con los cerdos capitalistas, que echarse un polvo... Que época, ¿no? Y pensar que ahora desearíamos tener un tanque Panzer, no importa si es un modelo viejo, no tiene que ser de ultima generación, ni siquiera estar equipado con Gps... Un tanque que funcione, que vaya para adelante y aplaste a su paso a esa columna de jubilados que cortan la calle exigiendo que les abonen lo que les corresponde o que por la menos la eutanasia sea un derecho... Ese revolucionario de ayer ahora solo quiere tener un tanque de guerra que aplaste a todo piquete que se interponga en su camino y le impida llegar a su casa sin dos horas de demora, para olvidarse del mundo mirando a Tinelli y para que su bebe lo despierte a las tres de la mañana llorando a los gritos. ¿Como es que ese ser que una vez luchó por un mundo mejor ahora es potencialmente un asesino serial? No creo que haya otra respuesta que la la ya expresada: por nuestra gran capacidad para hacernos los pelotudos.

No suena muy científico que digamos pero es así. Las mujeres sufren como perras cuando tienen un hijo y sin embargo reinciden, no solo una o dos veces... Tres, cuatro, diez veces..... Aunque supongo que el tercer parto debe ser como ir al dentista a hacerse una limpieza de dientes: jode pero no es sacarse una muela. Una mujer que ya fue madre se hace la pelotuda con respecto a las nauseas, a los mareos, y a los dolores que sintió en el anterior embarazo. Se olvida de todo eso aun sabiendo que se le va a ensanchar la cadera y se le va a caer el culo. Ruega solamente que el parto no sea por cesarea porque encima le va a quedar la cicatriz. Hecatombe total y absoluta. Lo positivo es que ya no tomaremos en cuenta seriamente su angustia pos parto; con dos, tres o cuatro hijos para criar... ¿Podes darte el lujo de sentir angustia? Solo te queda hacerte el pelotudo y darle para adelante.

Nuestro famoso insitnto de supervivencia se basa en ese simple hecho: olvidar y seguir como si nada. Creo que todos saben quien es el hombre más poderoso de la Argentina, ¿no? No es un intelectual, ni un empresario ni un dirigente obrero. El hombre más poderoso en nuestro país se llama Julio Grondona y desde antes que nacieran Adán y Eva, él ya manejaba la pasión de millones de argentinos. ¿No es sumamente increíble pensar que alguien pueda manejar una pasión? Ese hombre existe y lleva un anillo en su mano derecho con dos letras grabadas. La t y la p. Todo pasa. Es otra forma de decir hay que hacerse el pelotudo. Por más que sufras y creas que el mundo se te cae encima...

El otro día en el colectivo me crucé casualmente con quien fue mi primera esposa. En todos estos años, cada vez que me preguntaban cuanta veces me había casado, tenía que hacer un gran esfuerzo por recordarla. Ella me reconoció, nos saludamos civilizadamente.... Solo gente que hizo terapia procede de esa manera... Tuvo cuatro hijos, se le cayó el culo que tanto me gustaba.....Bueno no sería de hombre exponer su decadencia.. Pero confieso que cuando nos despedimos me quedé pensando cuanto había sufrido cuando nos separamos. Lloraba por las noches, estaba destrozado, en fin, hice uso y abuso de todas esas mariconeadas que los hombres no admitimos, porque precisamente sabemos hacernos los pelotudos.

Nos hacemos los boludos cuando festejamos las ocurrencias del Bambino Veira, olvidándonos que antes era un degenerado hijo de puta porque ser morfó a un pibe de doce años y zafó de la cárcel gracias a un indulto de Menem; nos hacemos los boludos cuando vemos la cara de aburrido que pone nuestro analista mientras escucha lo que ya le contamos tres mil quinientas veces; allá por el 2001 gritamos que se vayan todos pero nos hacíamos los boludos cuando nos preguntaban quién gobernaba si efectivamente se iban todos; si manejas mientras hablas por celular y tu hijo te dice que en la escuela le enseñaron que eso está mal, te haces el pelotudo cuando le respondes: “Es verdad, pero era una urgencia... La tía Irene tiene un casamiento y no consigue turno en ninguna peluquería... Imaginate que tragedia” Si tu hijo no te contesta nada y se queda distraído mirando por la ventanilla, podés sentirte orgulloso: aprendió a hacerse el pelotudo.

La especie se perpetua. Por suerte.

viernes, 19 de agosto de 2011

PAPÁ, ¿POR QUÉ LLUEVE?


Mi padre desapareció de la noche a la mañana cuando yo tenía doce años. Reapareció cinco años después para llevarme de putas. Extraño ¿no? Se presentó un día a la salida de la escuela secundaria donde yo iba como si nada hubiera pasado. Se sabe que manejamos los recuerdos a nuestro antojo, pero si soy sincero, no percibí que estuviera muy mortificado que digamos por ausentarse durante el pequeño lapso de cinco años. A decir verdad ni siquiera mencionó el tema: me saludó sin besarme ni abrazarme -esas cosas eran de maricones, él mismo me lo había enseñado- y después dijo que íbamos a cenar juntos porque era hora que yo debutara. Me dio unos pesos para que esa noche tomará un taxi y me hizo anotar la dirección del lugar donde íbamos a encontrarnos; luego pegó media vuelta y se fue.

-Papá, ¿por qué llueve?, le pregunté una vez, cuando tenía ochos años.

-Porque cae agua del cielo- me contestó sin dejar de leer el diario. Listo. No ha lugar para objeciones

A partir de ese tipo de respuestas, si uno no desarrollaba la imaginación, estaba frito o tenía algún problema neurológico. Así era el vínculo que teníamos la gente de mi edad con sus padres y esta era una de las causas por las cuales no necesitábamos de internet ni de la televisión por cable para entretenerse. Si hoy un chico de tres años, pregunta por qué no tiene que meter los dedos en el enchufe, los padres no descansan hasta que le consiguen una cita con un físico nuclear que le explique como funciona la electricidad. No hay duda que los tiempos han cambiado.

Lo cierto que aquella tarde del reencuentro con mi padre, la pasé intentando relacionar las palabras cenar con debutar. Como ya dije, estaba acostumbrado a ese tipo de enigmas. Imaginé que me iba a llevar a probar comida china o que me dejaría al fin en el restaurant elegir lo que quisiera comer. Supuse que tenía algún tipo de remordimiento por su repentina fuga y que no iba a repetir lo que siempre había hecho: cuando vivíamos juntos cada vez que salíamos a comer afuera, leía la carta y llamaba al mozo:

- Para la señora (o sea mi madre) y para mí lenguado al roquefort y para los chicos milanesa con papás fritas- Este era otro de los misterios: de dónde había sacado que lo único que nos gustaba eran las milanesas con papas fritas, nunca pude saberlo. En su descargo debo admitir que a la hora que pasaban el programa del doctor Socolinsky, él estaba trabajando y las teorías de Piaget no estaban muy difundidas que digamos.

Tal vez pensó que lo mejor era mantener las viejas tradiciones, hacer de cuenta que los cinco años durante los cuales no dio señales de vida eran un detalle sin importancia. Por eso aquella noche en el restaurant, cuando se acercó el mozo, sentenció:

-Para mi un bife de chorizo con ensalada mixta y para él milanesas con papas fritas. Medio de vino y soda- En ese momento lo vi dudar.

-¿Vos ya tomas vino no?

Casi muero de la emoción. No podía creer que me estuviese consultando. Tal vez por eso tardé en responder.

-Tremendo boludo de 17 años, como no va a tomar vino- dijo antes que yo pudiera articular respuesta. Llamó al mozo y cambió el pedido:

-Traiga una jarra de litro- Después prendió un cigarrillo y riéndose agregó:

-Todavía te veo como un boludito de doce años, pero el tiempo pasa no hay nada que hacer... Tomá, fumate un cigarrillo, pero no le digas a tu madre que yo te dejo fumar... Son cosas que tienen que quedar entre hombres-

En ese momento comprendí algo importante: yo de chico nunca tendría que haberle preguntado por qué llueve: un boludito es incapaz de entender fenómenos naturales tan complicados. Pensé que al fin me iba a develar el misterio, dado que al parecer, ahora era grande, podía tomar vino y fumar delante de él: era tiempo que me explicara cual era la causa por la cual de vez en cuando cae agua del cielo.

Pero no hubo caso. Tenía otras intenciones.

-Te debes clavar unas pajas tremendas, ¿no? Yo a tu edad no paraba-

Bueno, eso me hizo sentir mejor. A pesar que hacía tanto tiempo que no sabía nada de mí, algo me conocía.

-¿Te gustan las mujeres? No me habrás salido puto, ¿no? - Me preguntó antes de pedir un café para él y un flan con dulce de leche para mí, por supuesto sin consultarme. Para mi viejo hubiese sido el fin del mundo que yo le confiese que era homosexual. Hoy en día que el ídolo de los chicos sea Ricardo Fort o Aníbal Pachano, es mucho menos grave que sea milico o cura. Por suerte la sociedad evoluciona.

Cuando salimos del restaurant me pasó el brazo derecho por el hombro. Recuerdo intensamente ese momento: aparte de los cachetazos que me daba cuando era chico, aquel gesto se constituyó en el segundo contacto corporal que tenía con él. Pero el momento que estábamos viviendo merecía ese ademán: tenía la certeza que yo no era maricón y la ocasión ameritaba para que se contradijera con lo que una vez me había enseñado.

- Ojala que yo hubiese tenido un padre que se preocupe por mi como yo lo estoy haciendo con vos- Pronunció estas palabras en voz baja, como si estuviera confesando un secreto. Creí que estaba creando un climax para justificar porque nos había abandonado durante cinco años sin despedirse. O tal vez estaba preparando el terreno para explicarme de una buena vez por qué llueve. - Yo me las tuve que arreglar solo. ¡Ni loco podía hablar de sexo con mi viejo! Eran temas tabus, ¿entendés? Pero los tiempos cambian y está bien que así sea, porque los padres tienen que preocuparse y ocuparse por darles educación sexual a sus hijos- No tuve tiempo para agradecerle por tanto esmero. De pronto se detuvo ante una puerta y sin quitarme el brazo del hombro entramos al prostíbulo.

Esto que recuerdo sucedió allá, a finales de la década del 80. Eran tiempos donde Jhon Travolta hacia furor con Fiebre de Sábado por la Noche. Entrar con mi viejo a aquel prostíbulo, fue como ver a Travolta copar la pista de baile tomando de la cintura a Olivia Newton Jhon. Era un ídolo en aquel lugar, una copia del Isidoro Cañones que yo leía en las revistas. Los deseos de mi madre no se habían cumplido: era evidente que durante aquellos cinco años que había desaparecido, no había sufrido cáncer alguno y tampoco durmió a la intemperie pidiendo limosnas. Por lo que veía, la había pasado más que bien. Por supuesto que en ese momento ni después me explicó como se resolvía la fórmula tener hijos-abandonarlos-ser rey en un prostíbulo. Un enigma a resolver, como el de la lluvia. Siempre le agradeceré a mi padre por haber potenciado mi faz imaginativa. Por eso hoy en día repruebo en silencio, cuando veo a padres gastar fortunas en juguetes didácticos o en libros y canciones de María Elena Walsh. Mi padre utilizó para hacerme un hombre de bien, un método intuitivo y económico por el cual me guió por el camino de la búsqueda individual del conocimiento. Este es el secreto de mi desarrollado espiritu crítico y de mi manifiesta salud mental.

Al enterarse que yo era el hijo de Travolta... perdón, de mi padre, las mujeres de aquel lugar dijeron cosas como... “Si es como el padre, mmmm....” “Ah entonces tenemos un torito que se escapó de la Exposición de la Sociedad Rrual”. “De tal palo...” Evientemente tenían amplias nociones de genética. O tal vez en sus ratos libres leyeran “El Origen de las Especies”. No lo sé. Lo cierto es que todo aquello me inquietó. Como todo adolescente siempre había fantaseado con tener algún poder sobrenatural oculto. Pero no era tan tonto como para no separar la realidad de la fantasía: comprendía perfectamente que vivía en la Argentina y que todos los superhéroes eran yankees. Por lo tanto, solo por el hecho de ser argentino, no tenía posibilidad alguna. Uno de chico se cree cualquier cosa, pero tampoco la pavada. Sin embargo, cuando escuché aquellos comentarios pensé que había alguna probabilidad de tener algun poder del cual yo no era consciente hasta el momento... Y así fue nomás. De hecho ahora estoy acá, escribiendo estas estupideces y no ando volando por los aires ni vistiéndome de murciélago.

No voy a referirme detalles de lo sucedido aquella noche. Sería redundante: ya lo he hablado hasta el cansancio en terapia, aunque de nada me sirvió. Cada vez que en algunas de las sesiones hablaba de aquella noche, invariablemente los diferentes analistas, me preguntaban:

-¿Y su madre que pensaba de todo esto?

- Nunca se lo conté-

- ¿Por qué se lo ocultó?

- Porque mi mamá odiaba a mi papá... ¿Cómo le iba a contar que me había ido de putas con él?

Esto sucedió cuatro o cinco veces a lo largo de mi vida. Hasta que desistí. La siguiente vez le dije al terapeuta que mi madre se alegró muchísimo cuando supo que mi padre había reaparecido para llevarme a un prostíbulo. Debería haber sospechado cual iba a ser la siguiente pregunta:

- ¿No le resulta llamativo que su madre se alegrara que se vaya de putas con alguien que los había abandonado?

Silencio. Recuerdo que me quedé pensando que hubiese sido realmente genial que ella se pusiera contenta al enterarse que mi viejo había aparecido sin previo aviso después de cinco años para llevarme a un prostíbulo. Pero no había sido así. Una pena.

La insistencia de los psicológos por saber la opinión de mi madre sobre la cuestión, me dio vueltas en la cabeza durante mucho tiempo. Hasta que comprendí las causas por las cuales Freud basó toda su teoría en el vínculo materno y solo tocó de pasada la relación paterna. Para Freud los padres son actores secundarios, seres que se mueven en las sombras, como si fueran monjes negros, una especie de Rasputín. Siempre están por ahí, con las manos en los bolsillos, fumando, viendo de reojo como la mujer le da la teta al crío. Y sobre todo, callados. Freud se dio cuenta que las mujeres, por el contrario, hablan todo el tiempo. Hasta cuando duermen: por eso hipnotizó a una mujer para hurgar en el inconsciente y a partir de ahí edificar su teoría. Las mujeres hablan hasta cuando tienen a un bebé en brazos que no entiende un carajo lo que le está diciendo. Le hubiese sido imposible a Freud tener material para escribir tantos libros si se enfocaba en el hombre. Sea austríaco, polaco o argentino, el varón cuando su hijo le pregunta por qué llueve, contesta: por que cae agua del cielo. Y sigue leyendo el diario como si nada.

A propósito de esto. Dos días después de aquella noche, salí de la escuela y allí estaba nuevamente mi padre. En lo que fue nuestro tercer contacto carnal en veinticinco años, cuando me vio, me abrazó. Estaba eufórico.

-Sé que te comportaste como un campeón, estoy orgulloso de vos- me dijo casi a los gritos. Después me miró a los ojos y al borde de las lágrimas me dio un concejo que marcaría para siempre mi vida sexual:

-Nunca permitas que una mujer se levante infeliz de tu cama-

Con los años aquellas palabras me trajeron alegrías pero también dolores de huevos insoportables, sobre todo cuanto me acostaba con una frígida. Quizás tendría que haberle preguntado algo más sobre ese tema, pero como queda demostrado, el derecho a réplica no era un ejercicio muy habitual entre nosotros.

Lo vi tan contento que me dio no se qué aguarle la fiesta. Estuve tentado de confesarle que yo ya hacía más de un año que venía teniendo relaciones con la almacenera del barrio. Aunque ya no era para él un boludito, no dejaba de ser un tímido adolescente. Y lo era a tal punto que en aquel momento lo único que se me ocurrió decir fue:

-Papá, ¿me podés explicar por qué llueve?

sábado, 4 de junio de 2011

DE CUANDO FUI CIRUJA

Si ahora gozo de un buen pasar económico, debo agradecérselo a aquella ya lejana época en que fui ciruja. Es verdad que no nado en la abundancia pero vivo dignamente sin trabajar. Tal vez podría ser millonario pero fue una elección: no hay que tensar la cuerda cuando la fortuna nos da una mano. Ese golpe de suerte por así llamarlo me llegó cuando menos lo esperaba, en momentos en que subsistía gracias a lo que deshechaban los demás. No me convertí en ciruja porque fuera incapaz de hacer otra cosa, sino por desidia. O por impotencia, no lo sé. Lo que sí tengo en claro es que estaba sumido en una profunda depresión debido a causas hoy en día no podría precisar. Lo cierto es que me resultaba imposible siquiera intentar conseguir trabajo: me aterraba la idea de pasar ocho o diez horas encerrado en algun sitio a cambio de un sueldo. Preferia soportar el paso del tiempo tirado en la cama mirando el techo.

Debo aclarar que esto sucedió hace muchos años, cuando todavía el país no se había hundido en la pobreza. Por las calles no pululaba un ejército de miserables hurgando tachos de basura ni juntando cartones. Los pordioseros que vivían a la intemperie eran personajes pintorescos como lo era el policía que vigilaba el barrio, o los perros que vagaban seguros que algún vecino les daría algo de comer. Yo alquilaba una pieza triste y fría en una pensión de mala muerte y si bien hubo días que pasé hambre, nunca dormí en la calle. Esa prosperidad austera de la que se gozaba por aquel entonces, tenía una relación directa con la basura que la gente producía. En países pobres lo que sobra es escaso; en cambio, cuando la bienaventuranza acompaña, los habitantes de una ciudad se desprenden de aquello que simplemente les estorba. No hay nada mejor que estudiar los desperdicios de una sociedad para comprender cual es la propuesta del capitalismo.

De todas maneras no fue consecuencia de inquietud intelectual alguna la que me llevó a ser ciruja. Como dije, mi estado anímico era débil pero no había tocado fondo como para abandonarme a la nada: una incomprensible y pequeña motivación, me empujaba a conseguir el dinero necesario para comer, pagar el alquiler de la pieza y comprar el vino barato que me ayudaba, aunque sea por unas horas, a vencer al insomnio. Y precisamente esos desvelos que me asaltaban cuando todavía era noche cerrada, fueron los que me sirvieron para descubrir como ganarme los pocos pesos que díariamente necesitaba para sobrevivir.

Muchas noches antes que aquella primera noche, había salido a caminar a las dos o tres de la madrugada porque no soportaba el encierro mínimo de la pieza. Era mejor vagar sin rumbo antes que sufrir el paso lento de las horas, permanecer inmóvil como un muerto en la oscuridad de aquella habitación. Pero caminaba sin ver, con el único propósito de regresar cansado siendo ya de día y dormir un par de horas más. Y fue durante uno de esos derroteros agotadores en que descubrí sin querer, aquel par de zapatos. Relucían en la penumbra de la calle. Descansaban a la espera del basurero al lado de una bolsa de plástico prolijamente atada. Recuerdo que me llamó la atención el brillo que desprendían, como si estuvieran recién lustrados; me acerqué para observarlos mejor: ostentaban cordones y a pesar de presentar un estado impecable, estaban pasados de moda, ya nadie usaba ese tipo de calzado. No dudé en recogerlos. Quizás me haya conmovido su majestuosidad de otra época, su orgullo a punto de ser mancillado para siempre por el olvido del basural nauseabundo que lo aguardaba como destino final.

Vendí ese par de zapatos por una suma que me permitió vivir tranquilo un par de días, aunque con el tiempo, cuando conocí los detalles del negocio de la compra venta de objetos usados, comprobé que me habían estafado. El hecho de haber obtenido algo de dinero sin realizar un esfuerzo excesivo, no alteró mi pesimismo pero sí obligó a que caminara más atento. Enseguida me di cuenta que haber hallado aquellos zapatos cerca del hotel había sido un hecho fortuito: el barrio donde estaba emplazado era una zona de la ciudad bastante turbia, muy venida a menos; comprendí que si deseaba hallar objetos que se cotizaran tenía que buscar en barrios acomodados.

A pesar de la vida desordenada que llevaba me acostumbré a abandonar el hotel después de las diez noche. Aprendí también a que disponía de un lapso de aproximadamente tres horas entre que la gente sacaba la basura a la calle y el paso del camión recolector. Ese límite temporal me llevo a circunscribir mi derrotero a un barrio determinado y el radio de acción que podía abarcar en la búsqueda no iba más allá de una veintena de cuadras. Al cabo de dos meses, con solo hechar un vistazo sabía si convenía abrir una bolsa, a no llevarme objetos inservibles y a detectar rápidamente aquello que al otro día podía servirme para cambiarlo por dinero constante y sonante. Me sigue asombrando aún hoy el desconocimiento que tiene la mayoría sobre el valor de sus pertenencias: una radio, un lavarropa que deja de funcionar, pueden contener piezas que para un técnico especializado en tales menesteres sean de suma utilidad. Muy pocos saben de la cantidad de chiflados que coleccionan botellas viejas, discos de vinilo, muñecas y otras estupideces semejantes. El tomo de una colección de libros o de revistas editados hace cincuenta años puede llegar a valer una fortuna si es justamente ese ejemplar el que le falta a alguien que posee el resto de la colección. Hubo noches que volvía al hotel con las manos vacías, pero no me desesperaba: sabía que al otro día encontraría algo de valor. Como no tenía carro ni estaba en mi voluntad conseguir alguno, solo podía hacerme de aquello que podía transportar sin mucho esfuerzo.

Sin embargo, no fue un libro antiguo ni el respuesto de un lavarropa lo que me rescató de aquella vida frágil e insípida en la que estaba sumergido. Soy un convencido que los golpes de suerte no son obra del azar, sino de una consecuencia insistente de determinados hechos que se nos presentan de vez en cuando. Cada uno de nosotros solo debe estar atento para captar esa frecuencia, esa rutina que obstinadamente se muestra ante nosotros para que le hagamos caso. No hay nada más caótico que una bolsa llena de basura; sin embargo, si se la analiza y se la estudia, veremos reflejados en esos desperdicios, la vida, el acontecer diario de la persona o familia que produjeron esa cantidad de deshechos. Y cuando a esa familia o a esa persona le sucede algo extraordinario, también será inusual la dosis de basura que abandone en la puerta de sus casas.

Acostumbrado a peregrinar por el mismo barrio todas las noches, después de un tiempo sabía de memoria la cantidad de bultos que iba a encontrar al lado de los árboles o en los contenedores. Como me interesaban objetos (generalmente la gente coloca en cajas de cartón electrodomésticos, libros, botellas, ropa, juguetes que quiere desprenderse) no me interesaban las bolsas de plástico, las cuales, suponía yo, solo contenían restos de comida y envases. Y si hallaba más bolsas de las habituales, sospechaba que en esa casa había habido alguna reunión, un festejo o acontecimiento similar. Pero yo andaba en busca de otro tipo de botín; entonces ese detalle que quebraba la rutina no era de importancia para mí.

En el frente de los edificios es poco probable encontrar algo que valga la pena porque aquello que la gente tira pasa antes por las manos de los encargados que conocen tan bien como cualquier ciruja el valor de lo usado. Era por este motivo que deambulaba por un barrio de casas bajas y, como dije, con el correr de los días me fui familiarizando con la cantidad de basura que hallaba a mi paso. Y quizás haya sido por tener en qué que pensar mientras caminaba, que por otras cuestiones, es que comencé a imaginar los motivos por los cuales me encontraba con más basura que la habitual delante de tal o cual casa, o por el contrario, porque había menos o porque no había nada. Y cierta vez quise comparar mi imaginación con la realidad y abrí una bolsa que me pareció distinta al resto porque supuse que no contendría restos de comida. Hallé hojas de un cuaderno repleto de apuntes relacionados con las matemáticas o algo semejante. Durante todo el trayecto que duró el regreso al hotel, mi mente divagó sobre la vida que llevaba aquel estudiante, si era hombre o mujer, que hacía o dejaba de hacer, cuales eran sus pasatiempos y cuales sus ambiciones.

Lo que fue en un primer momento simple curiosidad, se transformó en costumbre. Hubiera hallado o no alguna cosa para vender al otro día, no dejaba de hurgar en algún bulto que elegía al azar y asi poder alimentar mi fantasía. Encontré infinidad de rastros que me permitieron sospechar como eran esas vidas ajenas: fotos, cuentas de servicios, recortes de diarios, llaves, pedazos de platos, copas y tazas. Curioseaba en aquellas bolsas especiales, como las había bautizado, las llevaba bajo la luz del alumbrado, extraía parte de su contenido, y después la volvía a cerrar para regresarla al lugar donde la había encontrado. Era un simple pasatiempo inocente, un ejercicio que me servía para distraerme, hasta el día que encontré, disimulados entre recortes absurdos de tela, tres cuadernos de tapas duras, como los que usan los chicos en sus primeros años escolares. Los imaginé repletos de garabatos y estuve a punto de meterlos nuevamente en la bolsa, pero me llamó la atención que alguien quisiera desprenderse de cuadernos de esa clase y menos aún, escondidos entre trozos de telas: generalmente las madres los guardan como recuerdos. Cuando abrí uno de los cuadernos, me sorprendí al encontrarme con una letra pequeña pero clara, elegante. Me corrí unos metros hasta ubicarme debajo de la luz ública para examinarlo con más detenimiento. Pasé rápidamente las hojas y no tardé en comprender que se trataba de un diario íntimo.

Sé muy bien que quien se haya tomado el tiempo de leer esta pequeña historia, estará esperando que revele el contenido de ese diario. Pero no puedo hacerlo. Solo puedo confesar que pertenecía a una mujer madura, ama de casa, madre de dos hijos y esposa, que gozaba (y goza) de un buen pasar económico. Por el bien de esta mujer y el mío propio no es aconsejable revelar más que estos detalles. Supongo que el lector atento relacionará hechos y forjará en su imaginación lo que considere conveniente. Además, como más arriba mencioné, fue para mí un buen ejercicio de distracción imaginar vidas ajenas para llenar horas muertas: no puedo menos que aconsejar que otros hagan uso, a su manera, de tan inocente entretenimiento.

Estas palabras únicamente pretenden dejar testimonio del tiempo en que fui ciruja. Y en como, por obra del azar, dejé de serlo.

viernes, 29 de abril de 2011

MUCHOS E INEVITABLES CAMINOS



Para S R, que sabe por qué.


Habían establecido una relación atípica, un puente afectivo intenso y a la vez, poco convencional. Los pocos allegados que conocían los detalles de aquel vínculo, solo atinaban a encogerse de hombros y decir, una vez enterados de la cuestión: “Si son felices de esa manera, adelante, es algo de ustedes, no le están haciendo mal a nadie” No se darán a conocer aquí pormenores: dicen que la escencia de la literatura radica en que la imaginación del lector sea más atrevida y osada que la del escritor.

Lo que sí cabe aclarar es que los protagonistas de esta breve historia, no son personas jóvenes. Por el contrario; se trata de un hombre y una mujer ya maduros, ambos con hijos grandes. Los dos gozan de cierta placidez económica y sus pasados amorosos no tienen puntos en común, salvo en el hecho que algo trunco quedó en el camino. O sea que tanto uno como el otro, están en un momento de sus vidas en que pueden usufructar tiempos y espacios con plena libertad de movimientos, de sentimientos. Y sobre todo – y esto quizás sea lo más importante- ella y él se hallaron en instintos dormidos y permitieron que se desboquen naturalmente, caballos salvajes galopando en la ciudad. Lo que para otros es fantasía, para ellos es realidad que fueron erigiendo casi sin darse cuenta, aceptándose sin censuras. Las cosas son como son, frase remanida, pero cierta.

Entonces, en un determinado momento, cómo no plantearse el hecho de vivir juntos. Algo que se caía de maduro. Pero como queda consignado, no se trata de personas jóvenes, tan proclives a los arrebatos, tal vez porque porque a cierta edad no se tiene todavía una historia a cuestas que contemple probabilidades nefastas. Sin embargo, cuando la vida ya no es eterna, se prenden alarmas, se duda, se colocan en inimaginables balanzas momentos intensos por un lado y cotidaneidad por el otro; noches mágicas y domingos aburridos; manías de solitario y soportar cepillos de dientes colocados en lugares equivocados. Hacer el amor, de la manera tan particular que tenían de hacerlo, sobre ese sillón viejo e incómodo que tenía ella en su comedor o acostarse por las noches pensando en las obligaciones del día siguiente.

Estaban ambos seres en este punto de inflexión, cuando, para colmo de males, a él le comenzó a vencer el alquiler del departamento donde vivía. Volvieron a conversar del tema, pero no llegaron a ninguna conclusión. Mejor dicho: los dos sabían cómo finalizaría tanto devaneo, pero del mismo modo que construían día a día el vínculo, anhelaban, ansiaban, que el deseo se vuelva insoportable, que el instinto siguiera dictando el libreto.

Entonces, él comenzó a buscar departamento donde mudarse. Ella, como siempre segura de sí misma, lo dejó hacer, no presionó. El hombre fue y vino por innumerables viviendas, sólo ponía como condición que su futuro hogar tuviera el suficiente espacio para montar su taller donde despuntaba el vicio de las artesanías y que contara con un patio para su perra. Y que no quedara lejos del lugar donde ella vivía. Un lugar, en definitiva, donde siguiera su cotidaneidad como siempre.

El tiempo fue transcurriendo y ya sea por un motivo u otro, ninguna de las casas y departamentos que visitó lo satisfacía. Faltaban pocos días para que venciera el contrato y no encontraba lugar donde ir a vivir. Estaba preocupado, pero no tanto: había pasado por muchas situaciones difíciles y confiaba en su buena estrella.

Un sábado se despertó en la cama de ella. Antes de vestirse, le besó los pies, tal la costumbre. Le dejó el mate preparado y salió a la calle; desayunó en un bar, mientras leía los clasificados. Anotó números y direcciones, estableció prioridades, visitó dos departamentos y cerca del mediodía, arribó a las puertas de un edificio levantado en un barrio algo alejado, unas treinta cuadras del departamento de ella, que, por que no decirlo, era su punto de referencia.

Tocó el timbre del portero eléctrico y alguien le franqueó la entrada. Caminó por un pasillo largo, estrecho y lúgubre. Vio a lo lejos una puerta abierta. Supuso, mientras andaba, que tampoco aquel departamento le iba a gustar. Pero, imprevistamente, unos pasos antes de ingresar, lo invadió el olor a ella, su perfume inconfudible, ese aroma a hembra que podía reconocer entre otros miles de olores. Confundido, asombrado, detuvo su marcha.

Ya todo era inevitable. Entró al departamento, desanduvo un breve pasillo, y llegó al comedor. No se sorprendió cuando vio el conocido, viejo e incómodo sillón que reinaba como único mueble en medio de la sala.

Pasó tiempo, segundos, minutos: él no podía articular movimiento.

-¿ Le gusta el departamento?- preguntó al fin una voz inconfundible que atravesó su espalda

-Sí, es lo que pretendo- dijo él como pudo y sin darse vuelta- ¿Cuales son las condiciones?

- Me parece que usted ya las conoce- dijo la voz y luego de reírse casi sin querer, agregó-: ¿O me equivoco?

viernes, 1 de abril de 2011

VIEJAS CARTAS DE AMOR

Para mi sobrino Santiago.

I

El cortometraje dura casi diez minutos y cuenta, si se quiere, una sencilla, casi mínima, historia de amor. Ambientado a fines del siglo XIX, narra los encuentros clandestinos de María y Alfonso que viven en ciudades distintas de algún país impreciso de América Latina. Ella es una mujer cuarentona, pero bella, que pertenece a la alta burguesía de la época; Alfonso no tiene más de treinta años y es un militar involucrado en las continuas guerras civiles de aquellos tiempos.
De los detalles de la relación, el espectador se va enterando gracias a la voz en off de Alfonso, que lee fragmentos de cartas que regularmente le enviaba a su amada. Las imágenes van interpolándose al relato y se circunscriben a los fogosos encuentros que ambos mantenían: era evidente que no se privaban de arista alguno en lo que a materia sexual se refiere y son pocos los momentos en que no se los ve desnudos, ya sea solos o en compañía de terceros. Sin embargo, tanto canto a la vida y al placer, contrasta con el tono apocalíptico que desgranaba Alfonso en sus misivas: si bien nunca dejaba de expresar su incondiconal sentimiento hacia María, estaba convencido que la relación tarde o temprano, acabaría en tragedia. Alfonso no brinda fundamentos sobre este presentimiento que evidentemente lo agobiaba. El espectador presupone que el augurio del amante se debe a la relación prohibida o que siendo él militar, moriría al fin y al cabo en un campo de batalla. Pero la zozobra fatalista del amante se hace realidad de una manera inesperada cuando un terremoto desvasta la ciudad donde vivía María.
Filmado en un meláncolico tono sepia, el corto finaliza de manera tan abrupta como habrá sido el sismo que sepultó la vida de María. Con un polvo denso producto del cataclismo elevándose al cielo, aparecen los créditos y es allí cuando el público se entera que el film fue distinguido con el primer premio o menciones de honor en innumerables festivales llevados a cabo en distintas partes del mundo.
Para espectadores de cierta edad, debe significar todo un misterio comprender por qué el cortometraje en cuestión recibió semejante avalancha de distinciones. Se sentirá, tal vez, incapaz de descifrar los mensajes que, seguramente, transmite la película. Por último creerá que el desconcierto tiene como origen su ignorancia en cuestiones freudianas, del cine francés o de la filosofía de ciertos cineastas independientes, al parecer tan necesarias hoy en día para gozar de las bondades del llamado séptimo arte.


II
Era viernes y por lo tanto Carina sabía que en el buzón estaría la carta. A veces llegaba el sábado, pero desde que había empezado aquella curiosa costumbre hacia más de un año, las misivas de Andrés arribaban generalmente los viernes. Y no por ser ya una rutina, le quitaba a Carina la dicha de despertar de buen humor, y antes de desayunar, bañarse, prender la computadora y todas esas cosas, lo primero que hacia era bajar las escaleras descalza y hurgar ansiosa en su buzón.
“¿Te pusiste a pensar alguna vez que todo este sentimiento que te digo cuando estamos juntos o por acá, se perderá en el olvido?”, había escrito Andrés tiempo atrás, durante una de las tantas sesiones maratónicas que noche tras noche venían manteniendo en el chat. “No te entiendo”, había respondido ella. “No sé como explicarlo”, hubo una pausa y después pudo decir, escribir mejor dicho. “Cuando ni vos ni yo estemos, o cerremos esta cuenta de mail, o sea lo que sea, todas estas palabras de amor, incluso las obscenidades que nos regalamos, caerán en el olvido, nadie sabrá de ellas, no quedará testimonio” Carina no supo que contestarle; tuvo el impulso de responder que mejor que no quedara testimonio, dado el alto nivel erótico que tenían a veces las conversaciones. Pero no le pareció apropiada la respuesta. Ya conocía a Andrés y sabía, aunque no estuviera a su lado, que él había entrado en ese estado entre meláncolico y romántico que a ella tanto le gustaba, que tanto le atraía. “Con esto de internet, imagino que ya no se escriben cartas de amor”, sentenció Andrés desde el otro lado de la pantalla. “Escribíme una vos, entonces”, propuso ella. “No es mala idea”.
Cumplió con su palabra. La primera carta Carina la descubrió un domingo, cuando extrajo del buzón un manojo de cuentas para pagar y propagandas. Era imposible no distingurila del resto: el sobre era de un color amarillo pálido y desprendía un aroma particular, que enseguida Carina asoció con el perfume que usaba Andrés. Ya de vuelta en su departamento, se sentó tranquilamente en un sillón y observó el sobre antes de abrirlo, como si se aprestara a degustar una comida exquisita. Su nombre y su dirección, como el remitente, estaban escritos con letras inseguras, tal vez porque Andrés había utilizado tinta, acaso una pluma, y era evidente que no estaba ducho en el manejo de esos elementos. Parecía una misiva escrita desde otro lugar, en otro tiempo, como si hubiese sido redactada hacia muchisimos años. Rasgó el sobre con cuidado y extrajo los dos pliegos con suma delicadeza: Carina sentía que tenía entre sus manos un documento histórico.
El contenido de aquella carta y de las otras que fueron llegando puntualmente, no diferían de las palabras que Andrés le regalaba cuando estaban juntos o se comunicaban en el chat. No hacia mención a cuestiones concretas, ni días ni horarios: eran puro sentimiento, pasión sin hechos ni anécdotas, aunque siempre dejaba traslucir la obsesión en dejar constancia de su amor por si algo fuera a suceder, como si un imprevisto estuviera amenazándolos.
Tanto la primera como las siguientes, fueron leídas una y otra vez por Carina con pasión, casi obsesivamente. Con el paso del tiempo, Andrés mejoró en el manejo de la pluma y apenas si había manchones notorios en los folios que vaya a saber uno donde los compraba; las escritura fue volviéndose legible y clara. Carina primero guardó las cartas en un cajón, pero al comprobar que no se interrumpían los envíos, fue agrupándolas por mes y envolviendo cada paquete con una cinta rosa.
Aquel domingo, el de la primera carta, maldijo el hecho que Andrés viviera a trescientos kilómetros de distancia. Si bien había considerado desde un primer momento que era bueno para la relación que vivieran lejos uno del otro, aquel día le hubiese gustado tenerlo mano para abrazarlo fuerte, manifestar las palabras de ocasión, hacerle el amor, o solamente decirle gracias, no solamente a él, sino a la vida misma. Tuvo que contentarse con escribirle un mail, un extenso correo electrónico en el cual intentó plasmar todas sus sensaciones, y también sus interrogantes, curiosidades minímas, donde había conseguido una pluma, la tinta, ese papel tan particular, el sobre.
Pero Andrés no le contestó el mail. Tanto aquella noche en el chat o en los sucesivos encuentros semanales que mantenían, evitaba referirse al tema, sólo sonreía ante las preguntas de Carina, que con el paso del tiempo optó por no insistir y aceptar la escueta respuesta que Andrés siempre, invariablemente, le daba:
“Ya te dije, quiero dejar testimonio de todo esto que siento por vos”

III
Allí estaban los trece paquetitos de cartas envueltos primorosamente cada uno de ellos con una cinta rosa. Se encontraban alejados unos del otro por unos pocos centímetros, como si la fuerza del cataclismo que había arrasado aquella parte del mundo no los hubiese podido separar, como si una fuerza superior los obligara a mantenerse unidos a pesar de terremotos y sus consecuentes calamidades.
Eran una ofensa inocente ese conjunto de cartas en el paisaje desolador de casas hechas añicos, de autos retorcidos, de civilización puesta patas para arriba. Eran una nota discordante en aquel caos imprevisto donde se oían quejidos y lamentos, llantos, incomprensión por la muerte imprevista alzada desde las misma entrañas de la naturaleza feroz.
Tal vez haya sido por todo esto que Santiago haya reparado en su presencia inanimada. Los recogió uno por uno, salvándolos de los pisotones de hombres y mujeres que intentaban ayudar o de fantasmas que buscaban entre los escombros pertenencias y seres queridos. Una vez que metió los paquetes en su mochila, siguió cumpliendo con su tarea de asistente en el equipo de noticias de televisión para el cual trabajaba. Solo a la noche, cuando acomodaba sus pertenencias en la habitación del hotel donde se alojaba, volvió a toparse con las cartas: pero como no había luz y estaba demasiado cansado apenas si les prestó atención.
Cuando el terremoto y sus treinta mil victimas dejaron de ser noticia, Santiago regresó a su país y con él viajaron los trece paquetitos. Los dispuso encima de su mesa de trabajo, al costado de la computadora y durante noches sucesivas, antes de dormir, los observaba: se pregunta que magia rara protegía a esas cartas como para que no se animara a abrirlas. Simplemente las miraba, imaginando el contenido; las olía y se asombraba del aroma a perfume que emanaban. Eran objeto aquellas cartas de un extraño culto que repetía invariablemente todas la noches.
Cierta vez la novia de Santiago quiso saber el origen de las cartas. Entonces, él le contó de dónde las había traído y lo que había podido enterarse: al parecer, hacia más de cien años atrás, en ese lugar vivía una familia aristócratica. Un terremoto tan desvastador como el que había tenido que ir a cubrir Santiago, quebró la tierra en varias partes y nada había quedado. Después, la tozudez humana, volvió a construir vida sobre la muerte y levantaron en el lugar un edificio de departamentos. Como las cartas habían sobrevivido a dos cataclismos, Santiago no lo podía precisar. Tampoco tenía una explicación para dar sobre el motivo por el cual no desataba los paquetes y leía las cartas.
Su novia estuvo tentada de decirle que él nunca le había escrito una carta de amor. Pero se contuvo porque intuyo que no eran momentos lamentos femeninos. Optó por sonreír.
-Un buen argumento para un corto- dijo ella.
-¿Cual sería? ¿Cartas que sobreviven a dos terremotos?
-No pensaba en eso- contestó ella con la vista clavada en los paquetes envueltos en cintas rosas- Es evidente que son cartas de amor, sino no las hubieran atado de esa manera.
-¿Entonces?
-Una relación prohibida en aquella época..... Una relación que de pronto queda trunca por un terremto, algo inesperado..... Por ahi iba la cosa.....
-No está mal la idea- dijo Santiago sin mucho interés.
Hubo silencio.
-Si te gusta lo que pensé, flimá el corto, no te voy a cobrar derechos de autor-dijo ella riéndose- Y si lo hacés, cuando lo termines, abrimos las cartas y las leemos. -¿Qué te parece?
Fue en ese momento que Santiago se entusiasmó con el proyecto: había encontrado sin querer un motivo para leer de una vez por todas aquellas viejas cartas de amor.